¿Y si estamos solucionando mal la accesibilidad sin saberlo?
Cuando hablamos de accesibilidad en el espacio público, es fácil pensar en pendientes, anchos de acera, rampas, pavimentos podotáctiles o vados peatonales.
Y sí. Todo eso importa.
Pero hay una parte de la accesibilidad que no aparece cuando nos limitamos a comprobar si un proyecto cumple o no cumple una serie de parámetros.
Porque ¿qué hacemos cuando el espacio ya existe y no resulta tan fácil de solucionar?
¿Qué pasa con una calle estrecha, con una pendiente enorme, con edificios construidos hace décadas y con una rasante que no podemos modificar?
¿La dejamos como está porque “no puede cumplir”?
Yo creo que no.


Canarias no es una hoja en blanco
En Canarias sabemos bien de qué hablamos.
Tenemos barrios y pueblos con pendientes muy fuertes, calles estrechas, aceras mínimas o inexistentes, cambios de cota, escaleras, muros, edificaciones existentes y tejidos urbanos super informales que se han ido construyendo durante décadas.
No siempre podemos empezar de cero.
Y eso cambia completamente la manera de abordar la accesibilidad.
Imaginemos, por ejemplo, una calle muy empinada de La Matanza de Acentejo, en Tenerife.
La pendiente de la calle es la que es.
No podemos convertir mágicamente esa calle en una superficie horizontal. Tampoco tiene sentido plantear una solución que ignore las edificaciones existentes, la estructura urbana o la propia topografía del lugar.
Pero eso no significa que no podamos mejorar muchísimo la experiencia de recorrerla.
Ahí es donde empieza el verdadero trabajo de diseño.
Una calle puede no ser perfecta y aun así ser mucho mejor
Este punto me parece especialmente importante.
A veces hablamos de accesibilidad como si solo existieran dos situaciones:
cumple / no cumple.
Pero el espacio urbano existente es bastante más complejo.
Hay lugares en los que alcanzar las condiciones ideales puede ser técnicamente imposible o exigir una transformación completamente desproporcionada del entorno.
La propia normativa contempla situaciones en las que determinadas barreras no pueden eliminarse completamente por razones como la pendiente del terreno, el ancho de la vía o las condiciones de las edificaciones existentes, y plantea buscar alternativas que permitan reducirlas al mínimo.
Y ahí, para mí, está una de las partes más interesantes de la accesibilidad:
Si un barrio no cumple, ¿dejamos de intentar mejorarlo?
Accesibilidad también es diseñar mejoras en espacios que «no cumplen»
Volvamos a esa calle empinada.
Quizá no podamos cambiar su pendiente.
Pero sí podemos pensar en cómo se recorre.
Dónde comienza.
Qué ocurre durante el trayecto.
Dónde descansar.
Dónde apoyarse.
Cómo se ilumina.
Cómo se perciben los cambios.
Qué obstáculos aparecen.
Si existe una alternativa.
Si el mobiliario ayuda o molesta.
Si una persona sabe dónde está y cuánto le queda.
Incluso algo tan sencillo como colocar un banco en el lugar adecuado puede cambiar completamente la experiencia de una persona que necesita hacer una pausa durante el recorrido.
Y no se trata de llenar las calles de bancos y barandillas.
Se trata de saber dónde tienen sentido.
Ese matiz es importante.
La accesibilidad no consiste en añadir elementos
Una barandilla colocada sin criterio no convierte una calle en accesible.
Un banco colocado en mitad de un itinerario puede convertirse en un obstáculo.
Una rampa mal planteada puede resolver una diferencia de cota y generar otro problema.
Y una señal puede existir y seguir sin ayudar a nadie a entender el recorrido.
Por eso la accesibilidad no debería plantearse como una colección de elementos que vamos añadiendo al proyecto.
Es una forma de mirar el espacio.
Primero entendemos el lugar.
Después entendemos cómo lo utilizan las personas.
Y entonces buscamos las mejores soluciones posibles dentro de las condiciones reales que tenemos, más allá del cumplimiento normativo.
Cuando el vado cumple, pero la calle sigue siendo imposible
Hay una situación que veo con bastante frecuencia en nuestros pueblos y que para mí resume muy bien un problema que tenemos cuando entendemos la accesibilidad únicamente como aplicación de normativa.
Imaginemos una calle con una pendiente muy fuerte.
La acera tiene una pendiente importante y llegamos a un paso de peatones.
La solución habitual parece sencilla: hacemos el correspondiente vado peatonal, bajamos la acera hasta encontrarnos con la calzada y listo.
El vado está ahí.
Tiene su pavimento táctil.
Tiene sus medidas.
En el plano queda estupendo.
Pero cuando una persona llega hasta allí…
sigue teniendo que enfrentarse a una acera con una pendiente enorme que a su vez tiene dos nuevas mini pendientes derivadas del nuevo vado peatonal.
Y entonces me pregunto:
¿Qué problema estamos resolviendo realmente?
Porque quizá hemos resuelto el encuentro entre la acera y la calzada, o el check normativo.
Pero no necesariamente hemos mejorado el recorrido de la persona que utiliza esa acera.
A veces hay que mirar también hacia la calzada
En una calle con mucha pendiente, puede tener mucho más sentido estudiar qué ocurre en el conjunto del cruce.
La normativa contempla, de hecho, que para salvar el desnivel entre acera y calzada pueda optarse también por elevar la calzada en el paso de peatones, siempre que se cumplan las condiciones establecidas.
Esto abre una pregunta interesante:
¿Por qué estamos modificando siempre la acera?
Si tenemos una acera complicada, estrecha o con una pendiente muy acusada, quizá el problema no esté en cómo hacerle una pendiente nueva para que llegue hasta la calzada.
Quizá tengamos que pensar en cómo modificar el conjunto del cruce.
No se trata de aplicar una solución porque sea la que hemos utilizado siempre.
Se trata de estudiar qué solución funciona mejor en ese lugar concreto.
El detalle puede cumplir y el espacio seguir funcionando mal
Esto es algo que me preocupa especialmente en Canarias.
Podemos comprobar medidas.
Podemos comprobar pendientes.
Podemos comprobar que existe un vado.
Podemos comprobar que se ha colocado el pavimento táctil correspondiente.
Y aun así, cuando recorremos el espacio como una persona que realmente lo utiliza, podemos descubrir que la experiencia sigue siendo mala.
Porque la accesibilidad no ocurre en un plano.
Ocurre cuando una persona sale de casa, baja una calle, cruza, gira, continúa su recorrido y llega a donde necesita llegar.
Y ahí aparecen preguntas que no siempre caben en una casilla de comprobación:
¿Puede hacerlo cómodamente?
¿Puede hacerlo con seguridad?
¿Puede hacerlo de manera autónoma?
¿La solución tiene sentido en este lugar?
La propia definición normativa del itinerario peatonal accesible habla precisamente de un recorrido seguro, cómodo, autónomo y continuo.
No se trata de hacer trampas a la normativa
Y esto también es importante.
No estoy hablando de buscar una solución para esquivar la normativa.
Al contrario.
Se trata de conocerla suficientemente bien como para entender qué problema intenta resolver y poder utilizar las herramientas que ofrece con criterio.
Porque una cosa es cumplir un parámetro.
Y otra, bastante diferente, es hacer accesible un espacio.
En una calle de La Victoria, de La Matanza o de cualquier otro municipio con una topografía complicada, probablemente no tengamos una situación ideal.
Tenemos pendientes.
Tenemos rasantes existentes.
Tenemos edificaciones.
Tenemos calles que llevan décadas funcionando de una determinada manera.
Tenemos un montón de personas mayores que ya no conducen.
Y precisamente por eso necesitamos algo más que colocar correctamente un vado.
Necesitamos mirar la experiencia entera.
El objetivo no es conseguir un espacio perfecto
Creo que esta es la idea que más me interesa transmitir.
Cuando trabajamos sobre un espacio urbano existente, no siempre podemos conseguir la solución ideal.
Pero eso no significa que debamos conformarnos con la situación existente.
Entre “no cumple” y “cumple perfectamente” existe un espacio enorme para intervenir.
Y ahí es donde está el trabajo profesional.
En estudiar.
En observar.
En detectar dónde están realmente las dificultades.
En decidir qué merece la pena transformar.
En priorizar.
En combinar normativa, diseño y conocimiento del lugar.
En dar un paso más incorporando todas las mejoras posibles a los puntos más complicados.
Y en intentar que, cuando terminemos, la vida de las personas que utilizan ese espacio sea un poco más fácil que antes.
Porque la accesibilidad no consiste únicamente en conseguir que un proyecto pase una comprobación normativa.
Cumplir la normativa es el punto de partida.
El objetivo es hacer barrios mejores.
Y en Canarias, todavía más
Trabajar con accesibilidad en Canarias significa trabajar muchas veces con topografías complejas y tejidos urbanos existentes.
No podemos borrar la pendiente de una calle de Tabaiba.
No podemos rehacer cada barrio.
Pero sí podemos preguntarnos qué podemos hacer en cada caso para reducir las dificultades, mejorar el recorrido y ofrecer más posibilidades de uso a más personas.
A veces será una intervención importante.
Otras veces serán decisiones mucho más pequeñas.
Pero esas decisiones necesitan conocimiento, experiencia y, sobre todo, criterio.
Soy Marta Vega, arquitecta y diseñadora urbana, y creo en una accesibilidad real.
En hacer bien nuestro trabajo como profesionales y dar el 100 % para diseñar espacios que hagan la vida un poco más fácil a todas las personas.
Porque la accesibilidad no es una capa que se añade al final.
Es parte del diseño.
